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11 septiembre 2014 4 11 /09 /septiembre /2014 09:05

La proyección exterior de Pamplona no se basa todavía demasiado en su patrimonio histórico. En los últimos años se ha impulsado lo relativo al gran conjunto catedralicio y al circuito de murallas y ciudadela (construido a partir del s. XVI, de las murallas medievales son visibles algunos restos).

No obstante, las calles de su Casco Viejo guardan rincones y monumentos de interés, que en algunos casos nos remontan a plena Edad Media.

En el pequeño espacio abierto frente a la iglesia de San Cernin se adivina un callejón, accesible a través de una verja. Una primera mirada desde el exterior nos indica que nos hallamos ante uno de los rincones más singulares de la ciudad. Es una belena, nombre por el que se conoce en distintas zonas a estrechas callejas de comunicación entre calles. En la Edad media, este espacio se situaba en el límite del llamado del burgo de San Cernin, que tiene sus orígenes a finales del s. XI. Las visicitudes de las malas relaciones entre los burgos o barrios de la ciudad, les hizo dotarse de murallas propias.

Los burgos de Pamplona

El casco histórico pamplonés conserva en buena medida el trazado urbano que tuvo en la Edad Media. Todavía hoy en día podemos distinguir los distintos barrios en los que se dividía la ciudad:

  • La Navarrería, la ciudad original, la Iruña vascona, luego Pompaelo romana, y luego ciudad episcopal;
  • Los burgos creados desde los s. XI-XII al calor del Camino de Santiago, con sus propios fueros y organización, poblados por gentes venidas de Francia, y por navarros. Los principales fueron el Burgo de San Cernin; y la Población de San Nicolás. El tercero, el Burgo de San Miguel, duraría poco tiempo, hasta el s. XIII.

Una ciudad dividida por fosos y murallas

Pamplona era entonces una ciudad espectacular, dividida en burgos amurallados comunicados entre sí desde las puertas de sus murallas por puentes que salvaban los fosos que las separaban, con iglesias fortaleza rematadas por torres casi más pensadas para la defensa y ataque que para las campanas. La razón de este diseño es sencilla: la relación entre la Navarrería y los burgos nunca fue precisamente buena, más bien lo contrario. Eso supuso asaltos, enfrentamientos, disputas.

La guerra de la Navarrería

En 1276, esto desembocó en una guerra civil de la que tenemos un relato bastante fiable de alguien que fue testigo en parte, Guilhem de Anelier. Este escribió sobre el conflicto un poema épico en lengua provenzal a mayor gloria de su mentor, el rey de Francia, junto al aque acudió al acto final de esta guerra. Su detallado relato es muy preciso y detallado. Impresiona la descripción de la guerra, los combates cuerpo a cuerpo, los asaltos, ataques y contraataques, combates a caballo, luchas casa por casa o en las huertas, disparos desde las torres, e incluso luchas subterráneas en túneles.

Tras pedir ayuda los burgos al monarca (Navarra y Francia compartían monarca, que vivía en París), el ejército francés arrasó la Navarrería (que tuvo después prohibido reedificarse durante cincuenta años). Nada se respetó, y la violencia máxima en todo su extensión alcanzó incluso al espacio sagrado de la catedral. El claustro románico de ésta, que llegó a ser usado como caballeriza por el ejército francés, quedó tan dañado que hubo de ser derruido y reconstruido en estilo gótico diez años después.

Aunque más atenuados, las tensiones y conflictos siguieron durante el s. XIV, hasta que en el s. XV, Carlos III el Noble soluciona el problema y reunifica la ciudad mediante el Privilegio de la Unión de 1423.

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Belena de Portalapea

La belena de Portalapea

En ella se conserva visible una parte de las murallas del burgo de San Cernin, incluida una torre.

Conocida desde siempre la presencia de esta torre integrada en los edificios, la excavación de esta calleja hace pocos años sacó además a la luz arcos de cimentación y descarga del tramo de muralla adyacente, después reaprovechado por las casas, y que podemos cointemplar en la visita.

Junto al acceso a la belena, elevada en esa moderna hornacina, vemos una talla de madera de una Virgen con el Niño, que se cree presidía Portalapea, la cercana puerta que permitía atravesar las murallas para entrar en el burgo, y que permaneció durante siglos guardada en un edificio cercano.

 

Este tramo de muralla y torre, y las bodegas situadas junto a él como las de la Sociedad Napardi, nos indica cómo se adaptó desde muy antiguo esta zona del burgo al fuerte desnivel de las laderas del barranco de Santo Domingo, en cuyo fondo discurre la Cuesta del mismo nombre.

En el fondo de la belena vemos, accesible, un conjunto de bolas o bolaños de piedra recuperados en la intervenciones arqueológicas, utilizados muy probablemente como proyectiles contra las murallas en los conflictos entre burgos, quizás en la propia Guerra de la Navarrería. No hay más que cruzar la calle al salir de la belena, y entrar en la cercana iglesia de San Cernin, o ver al exterior sus altas torres, para sumergirse en el agitado pasado medieval de la ciudad, muy distinto del apacible panorama que presenta la zona ahora. 

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Published by marianosinues - en Historia
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