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  • : El blog de marianosinues
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25 abril 2022 1 25 /04 /abril /2022 11:19
El abrigo mesolítico de Aizpea (valle de Aezcoa, Navarra) y su enterramiento

Ubicación

El abrigo de Aizpea está situado en un frente calizo orientado hacia el S/SE, muy cerca de la localidad de Arive, en el valle pirenaico de Aézcoa, a 699 msnm, en la orilla derecha del río Irati. En dicho frente, a mayor altura y próximas al abrigo, se abren dos cavidades con escasas evidencias arqueológicas: la cueva de Aldasatxea o de Arive (en los sondeos sólo se localizaron escaso restos cerámicos) y el covacho de Aizpea (algunos restos óseos humanos dispersos en superficie).

El abrigo se sitúa a 30 m de distancia y sólo unos 10 m por encima del curso actual del río Irati. Todo parece indicar que el abrigo careció de visera natural, y que la protección que ofrecía se complementó con alguna estructura (tienda, cabaña)

Buena parte del yacimiento fue destruido en la construcción de una carretera en los años 30 del s. XX . Lo conservado tenía una potencia de entre 160 y 220 cm.

Territorio, modos de vida, aprovechamiento del medio y conexiones con otras comunidades

Aizpea muestra un cambio de dinámica en los modos de vida de las comunidades de cazadores-recolectores, previas al gran cambio del Neolítico. Como en otras zonas , convive la conexión a media-larga distancia identificada en las similitudes tecnomorfo-tipológicas entre objetos distantes, y el uso de materia prima (sílex, conchas) de procedencia lejana o muy lejana (sílex de la franja costera atlántica francesa, de Urbasa, y del Valle del Ebro; conchas de Collumbella rustica del Mediterráneo), con la tendencia a la sedentarización, marcada sobre todo en el Mesolítico, facilitada por un clima más suave y una biodiversidad rica que ofrece una necesidad menor de desplazamiento para obtener recursos en el contexto boscoso.

En un radio de 5 km podían encontrar una gran variedad de recursos. Su territorio interactúa con el territorio de la cueva de Zatoya, situado a 10 km al E. Ambos parecen relacionados, según Tarriño, con la cantera de sílex de Artxilondo ubicada 12 km río arriba, origen del 99% del sílex utilizado.

En los distintos nichos ecológicos del entorno encontraban toda la variedad de animales recuperados en la excavación: ciervo (claramente el más frecuente), corzo, jabalí, cabra montesa, uro, sarrio). Las piezas cazadas eran traídas enteras y despiezadas (hay marcas de corte de despiece). Pescaban truchas y barbos de ríos cercanos (se han recuperado anzuelos biapuntados), y salmón de los ríos de la vertiente atlántica navarra situados 15 km al N del abrigo. Cazaban aves como las anátidas y ardeidas. También recolectaban frutos del bosque (avellanas, serbales, y manzanas silvestres).

En el contexto climático de la transición entre el final del Boreal y la primera mitad del Atlántico, como muestran los datos de la excavación (fauna, restos de carbón de los fuegos localizados, etc.), los sucesivos habitantes del abrigo vivieron en un clima inicialmente más frío (pino), que deriva a uno más templado de clima caducifolio, (robles, hayedo, etc.) para llegar a un contexto de relativa disminución del arbolado y predominio del monte bajo (y presencia marcada de especies como espino, endrino, boj).

Todos los datos apuntan, para la investigación, al uso del abrigo por las comunidades mesolíticas durante buena parte del año, pero fuera quizás del periodo invernal.

La abundancia de restos de talla (a pesar del grado de destrucción del yacimiento 14.000 restos de talla), los 540 útiles retocados (la mitad de ellos microlitos), los cantos rodados con huellas de uso, parecen mostrar una intensa actividad de talla. Los fragmentos de huesos distales de uro pueden ser indicio de la producción de pieles y cueros para las necesidades del grupo.

A ello se añaden los elementos de adorno (dientes perforados, conchas de Collumbella), los útiles de hueso (punzones, espátulas, anzuelos, azagayas). Restos de limonita y oligisto sugieren el uso de colorantes.

Los restos materiales, los datos estratigráficos, las dataciones obtenidas, etc., indican tres horizontes de ocupación:

  • Aizpea I (7790+/-70 hasta 7160+/-70 BP), fase antigua del Mesolítico geométrico;
  • Aizpea II (hacia el 6830 BP en su parte central), fase avanzada del Mesolítico geométrico (incluye un enterramiento);
  • Aizpea III (hacia el 6370 BP en su parte inferior), regresión de los geométricos, y aparición del Neolítico;

Enterramiento

En la excavación del horizonte de Aizpea II se localizó un enterramiento de una mujer de unos treinta años, con una fecha de 6600+/-50 (GrA-779).

Su esqueleto indica una anatomía grácil, pero las acusadas inserciones musculares muestran una fuerte actividad física. Su altura es similar a la de las mujeres del Mesolítico Occidental.

Vivió en un medio de media montaña, agreste y accidentado, lo que explicaría los cambios degenerativos de algunas partes de su anatomía (por uso reiterado de articulación escápulo humeral y coxo-femoral). Era diestra. Hay indicios de una flexión reiterada del codo derecho.

Su mandíbula muestra discretos rebordes artrósicos en cóndilos mandibulares. Tal vez pueda relacionarse esto con el elevado número de caries y su ubicación, todo lo cual indicaría el elevado consumo regular de alimentos ricos en carbohidratos susceptibles de adherirse a los dientes, en una dieta de clara predominancia vegetariana.

En cuanto al ritual funerario, fue enterrada en posición flexionada, tumbada sobre el lado derecho y con la cabeza orientada al SW y los pies al NE, en una fosa simple paralela y cercana a la pared del fondo del abrigo. Carece de ajuar. Es posible que, tras rellenar la fosa con tierra, sellaran el enterramiento con bloques de piedra.

A pesar de la diferencia cronológica, el entorno ecológico y modos de vida explicarían las similitudes con los rasgos anatómicos del esqueleto localizado en el otro enterramiento prehistórico de la zona, ubicado en un valle vecino a 15 km siguiendo el relieve: un individuo varón que vivió hace aprox. 11.700 BP descubierto en la cueva de Loizu.

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5 abril 2022 2 05 /04 /abril /2022 18:27
El hombre de Loizu y la cueva de Errotalde (Valle de Erro, Navarra)

El hallazgo del llamado hombre de Loizu en una cueva de Navarra, por su antigüedad y estado de conservación, es uno de los descubrimientos más importantes en el ámbito europeo para el periodo en el que fue enterrado. Descubierto en 2017 por miembros del grupo espeleológico Sakon, no fue extraído de su ubicación hasta 2021. En febrero de 2022 se han empezado a dar a conocer resultados, algunos preliminares, de un estudio multidisciplinar internacional de gran calidad coordinado por Pablo Arias Cabal desde la Universidad de Cantabria.

La cueva de Errotalde I

El hallazgo tuvo lugar en la Cueva de Errotalde I, situ en el concejo de Aintzioa-Loizu, dentro del municipio de Erro (Navarra, España). Una cavidad inscrita en un complejo sistema kárstico abierto en un entorno geomorfológico muy diverso que ha dado lugar a gran variedad de contextos subterráneos. Se trata de un sistema de 4 niveles, excavado por un rio subterráneo aún activo en el nivel inferior. El cuerpo fue depositado en los meandros fósiles ubicados actualmente en los niveles más elevados.

Se accede al lugar del hallazgo, situado a unos doscientos metros de la entrada actual, siguiendo un intrincado, angosto y estrecho recorrido. La accesibilidad depende del nivel freático, hay puntos que pueden sifonarse, y la propia entrada (reformada en los años cuarenta del s. XX) en una zona de nacedero lleva a pensar que pudo nos ser accesible en la época en que fue depositado el cuerpo. Posiblemente hubo otro acceso, hoy colmatado.

El yacimiento

Se trata de un esqueleto depositado en el interior de la cueva, casi inalterado, con un excepcional estado de conservación. Faltan muy pocos huesos. La parte de los pies, la más complicada de recuperar por los arqueólogos, estaba cubierta por concreción estalagmítica. Los huesos y el entorno pétreo inmediato estaban cubiertos por una sustancia colorante roja.

La inhumación

La disposición de los restos indica que fue depositado envuelto en una mortaja. La abundancia de manchas de colorante (más en la parte superior del cuerpo, sobre todo en la cabeza) sugieren que el cadáver y el entorno inmediato fueron cubiertos con ocre (por datos preliminares de su estudio, se piensa que elaborado en la cavidad a partir de colorante traído de fuera). Un detalle, bien conocido en otras inhumaciones antiguas, es el único detalle del posible ritual. Carece de ajuar asociable.

Cómo era el hombre Loizu

Aunque la mayoría de estudios sobre él todavía no han concluido, los investigadores han aportado recientemente una serie de datos interesantes.

Se trata de un individuo varón de entre 21 y 23 años. Calculan una altura de 1,60-1,65 m, y un peso en torno a los 50-55 kg. Murió poco después de que le naciera la primera muela del juicio.

Era diestro. El análisis musculo-esquelético indica que desarrolló una actividad física muy intensa, y que estuvo arrodillado con frecuencia.

Los dientes sugieren que usaba palillos para limpiárselos, pero al mismo tiempo las marcas de abrasión por arena/tierra muestran que el alimento no estaba muy limpio. La investigación apunta abundancia de dieta cárnica.

El análisis paleopatológico ha localizado además indicios de varias lesiones, ligadas quizás s su modo de vida cazador, a la búsqueda de alimento, como la osteólisis de ambas clavículas, o una lesión osteocondral del cartílago de una rodilla. Además, la hiperostosis porótica en el cráneo indicaría estrés nutricional, es decir, haber pasado por periodo/s de hambre. En el cráneo también se percibe una protuberancia, osteoma exostótico, pero parece que fue algo asintomático, una variante anatómica, no una enfermedad. Un orificio en el cráneo, y la alteración/desaparición de la zona de lo que sería la cara, nos llevan a ala tesis sobre su muerte.

Causa de su muerte

En el hueso parietal izquierdo, hacia la parte posterior de la cabeza, se atisba un orificio circular de 14,26 mm de diámetro. Los investigadores manejan que la hipótesis (arqueología experimental) que mejor explica el tipo de orificio apunta al impacto por proyectil, posiblemente de flechas. Flecha que entraría por la parte posterior de la cabeza y saldría por la zona de la cara, explicando la destrucción de esa zona. Es coherente con el periodo cronológico en el que vive el hombre de Loizu, la época que empieza a desarrollarse y extenderse en Europa el uso del arco y flechas.

Cronología y contexto cultural

De momento, el análisis radiocarbonométrico marca una fecha de 11.700 a. C, en el AZILIENSE, el periodo cultural inscrito en la fase de transición entre el Pleistoceno y el Holoceno. No hay demasiada información sobre el aziliense en la Península Ibérica, frente a la abundancia de datos posteriores sobre enterramientos del Mesolítico. Sólo la Cueva de los Azules (Asturias) cuenta con otro caso del Epipaleolítico/Aziliense, aunque es más tardía (10.000 años BP), y muestra otro modelo, de enterramiento, en fosa y en la entrada de la cavidad.

Hay dos casos, ya del Mesolítico (unos 8.000 años BP), de esqueletos localizados directamente sobre el suelo de la cavidad, la Cueva de la Braña-Arintero (León), y la Cueva de Tito-Bustillo (Asturias): pero en la primera, los dos esqueletos (por ADN se sabe que eran hermanos) parecen responder, para Arias-Cabal, a una muerte por accidente, no un depósito funerario. Y en el caso de Tito Bustillo, su conservación no era buena, el esqueleto estaba muy degradado.

En Navarra, el único caso paralelizable es el del enterramiento de una mujer de unos treinta años en el abrigo de Aizpea (Aribe), a unos 14 km a vuelo de pájaro de Loizu. Con una datación en torno a los 8000 años BP, también del Mesolítico. Es interesante la coincidencia en las huellas de desgaste físico al comparar el caso de Loizu y Aizpea. Mostrarían la persistencia de gentes cazadoras-recolectoras adaptadas a las dificultades de vida y búsqueda de recursos en el relieve agreste y boscoso de las montañas prepirenaicas, en los inicios del Holoceno.

El hombre de Loizu está a punto desvelar muchos de sus secretos. En los próximos meses verán la luz muchos de los estudios en profundidad que se le están haciendo. Sin duda, aportarán luz sobre un periodo poco conocido, y subrayarán aún más la importancia de este hallazgo para la arqueología peninsular y europea.

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13 octubre 2014 1 13 /10 /octubre /2014 09:34

La Arqueología ha comprobado en los últimos años algo poco conocido, el periodo musulmán de Pamplona, en los inicios de la Edad Media. Sigue habiendo un periodo my poco conocido de la historia pamplonesa: el lapso de tiempo entre el imperio romano, y lo inicios del reino cristiano de Pamplona. En ese periodo se suceden en la Península Ibérica el reino visigodo peninsular, y los primeros siglos de dominación musulmana. Hasta época reciente, la gran mayoría de los datos sobre los dos primeros siglos de la llegada del Islam a Navarra y Pamplona procedían de fuentes documentales, fundamentalmente musulmanas.

El inestable s. VIII

En lo que se refiere a Pamplona, las referencias documentales y arqueológicas a la prsencia de población musulmana y un posible control musulman de la ciudad con una guarnición y funcionarios parecen constreñirse a un  periodo del s. VIII. A partir del reducido conocimiento que tenemos de ese periodo en la Cuenca de Pamplona y Navarra, da la impresión de que se caracteriza por intentos infructuosos del poder musulmán por garantizar el dominio permanente de la ciudad. Es un rasgo común a todo el siglo, tanto durante la inestable época del waliato (711-756), como en la época de Abd al-Rahman I, y en los primeros tiempos de la creciente influencia de los Banû Qâsi (la poderosa familia que dominará o influirá decisivamente en el alto Valle del Ebro durante todo este periodo)

Podemos reconstruir un modelo de breves periodos de dominio in situ mediante funcionarios musulmanes y presencia de guarnición y población de origen básicamente bereber. Lo más frecuente es que las élites locales rijan la ciudad. En unas fases se respetan los ahd o pactos con el wali, o con el emir. Es un sometimiento a menudo sólo relativo y a regañadientes. Y en periodos de rebeldía, el territorio es castigado con sucesivas aceifas o razzias del poder musulmán, con nuevos pactos a los que sigue otro periodo poco duradero de aparente tranquilidad.

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Detalle constructivo conservado de la Toledo musulmana

Entre francos y el Islam, el s. IX

En el s. IX, el reino franco intenta un proceso similar al que desarrollo en el otro extremo del Pirineo con la geografía catalana. En el 806, los pamploneses son recibidos “in fidem” en el seno del imperio carolingio.

Uno de los rasgos de los inicios del siglo será el debate entre las élites dominantes entre acercarse al poder carolingio, o renovar el pacto o ahd con Córdoba. Pero en el 816, la derrota de una coalición pamplonesa-carolingia de la batalla del río Arum, y la muerte del comes o conde Velasco, parece representar el fracaso de la opción carolingia.

El resto del siglo refleja la dependencia política respecto a los Banû Casi (parientes de la élite dirigente pamplonesa, los Arista), especialmente en el periodo de la gran figura de Musa ibn Musa. Ligará los destinos de la zona a los vaivenes de la relación entre Banû Casi y Córdoba, oscilando entre rebeliones, y las consiguientes aceifas (que suponen la ruina cíclica de la ciudad y la destrucción de su fortaleza pamplonesa de Sajra Qais), o la colaboración incluso con Córdoba. 

El desgaste de la indefinición de esta política que sufren los Arista permite el ascenso de la familia Jimena. Gracias a la figura de Sancho Garcés, que logra la definición definitiva del reino cristiano de Pamplona en el 905. Y cambió la tendencia, defensiva a ofensiva: el inicio de la reconquista y recuperación del control de territorios, y el alejamiento del dominio directo musulmán de la cuenca de Pamplona.

Las novedades aportadas por la Arqueología

Desde el s. XIX, el único dato aportado por la arqueología se limitaba a varios enterramientos cristianos con anillos que llevaban caracteres cúficos. Se aventuraba una pequeña ciudad cristiana que mantenía los restos de la estructura administrativa de época romana, con obispo, y a lo sumo presencias temporales de una autoridad musulmana y tropas, pero sin constatación material de una fase islámica de la urbe.

Pero las intervenciones arqueológicas en la última década en la ciudad, con motivo de obras públicas municipales, han cambiado el panorama:

a) En el centro histórico, en la plaza del Castillo, se ha localizado una gran maqbara, una necrópolis musulmana de más de ciento noventa enterramientos, en los que se identifican hombres, mujeres y niños, de distintas edades. 

Es posiblemente la mayor del N de la península. Su cronología parece centrarse sobre todo en el s. VIII. Estaba ubicada extramuros, próximo al frente oeste del supuesto amurallamiento de la ciudad. Las alineaciones, la discreta densidad de la necrópolis, apuntan a un periodo de uso no excesivamente largo.

Las tumbas responden al modelo islámico tradicional: fosa simple, enterramiento individual, cadáver depositado en decúbito lateral derecho, orientado NE-SW. Detalles de marcas y modificaciones en los dientes de algunos de los enterramientos los identifican muy probablemente con rasgos propios de poblaciones bereberes.

b) En la rehabilitación del Palacio del Condestable se ha descubierto una necrópolis de época visigoda, con varios enterramientos que incluyen anillos con caracteres cúficos. Estos anillos con textos del Corán en una necrópolis cristiana abundarían quizás en las estrechas relaciones entre élites dirigentes N – S, entre los Arista y los Banu-Qasi? Indicarían el uso como muestra de prestigio o relación con el poder musulmán? Es difícil saberlo.

Lo hallado parece apuntar a un periodo, no demasiado largo, de dominio musulmán de la ciudad, anterior sin duda al año 905, y que duró pocas generaciones. Sin edificios asociables (tal vez reutilizaron edificios previos, pero apenas tenemos  huellas de los de época inmediatamente anterior) y con muy pocos restos de la cultura material, falta mucho para poder tener claro este periodo, pero las novedades arrojan ya una luz sobre esta desconocida fase de la ciudad. Esperemos que futuras intervenciones arqueológicas descubran nuevos datos.

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