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  • : El blog de marianosinues
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17 mayo 2016 2 17 /05 /mayo /2016 10:27

La sierra de Atapuerca, uno de los más importantes enclaves arqueológicos del mundo, alberga evidencias fósiles y arqueológicas (industria lítica, huesos de fauna con marcas de carnicería, etc.), de los homínidos que han habitado el continente europeo a lo largo de más de un millón de años.

Del gran conjunto arqueológico de la sierra, los yacimientos de Trinchera, colmatados desde hace miles de años, ven la luz a raíz de la gran zanja o trinchera que atravesó la sierra a fines del s. XIX para dar paso a un ferrocarril minero. A diferencia de estos, la gran boca de la Cueva Mayor (que daba acceso al gran conjunto de salas y galerías subterráneas), fue siempre visible en el paisaje, accesible, y visitable. Hogar o lugar de enterramiento de las comunidades del Calcolítico y Edad del Bronce, Cueva Mayor siguió siendo conocida y usada desde la Edad del Hierro hasta época reciente como refugio pastoril y/o ocasional. Conocida como la Cueva de Atapuerca, Cueva Mayor está documentada desde el s. X BC.

Un emplazamiento estratégico

La sierra de Atapuerca se eleva poco en época histórica sobre el entorno cercano. Corresponde a la más alta de las terrazas del río Arlanzón (se eleva unos setenta metros sobre el cauce actual). Ha mantenido siempre un gran valor estratégico. Domina el corredor natural de la Bureba, que conecta las grandes cuencas del Ebro y del Duero. Aportaba recursos del saltus (leña, ganadería, caza y otros recursos del bosque) a las comunidades agroganaderas que se fueron asentando en la Bureba.

La ubicación de la sierra y la Bureba explican su papel como vía de comunicación, con caminos cercanos a Cueva Mayor. Por las inmediaciones de la cueva discurre una vía romana secundaria, un ramal de la vía Asturica Burdigala. Antiguos caminos recorren la sierra y enlazan los pueblos de larga tradición medieval, que la bordean. Una cañada enlaza los términos de Atapuerca e Ibeas de Juarros, bordeando la sierra. El antiguo Camino de Santiago, proveniente de Arlanzón, discurría junto a Ibeas de Juarros (conocida en 1151 como “Ibeas del Camino”). Al N de la sierra, junto al pueblo de Atapuerca discurre otro ramal de peregrinaje que procedía de San Juan de Ortega, documentado entre 1047 y el s. XIX como “camino de Tapuerca a Burgos”, o “de los romeros”.

Uso del Portalón de Cueva Mayor en época histórica

Aunque hasta el s. XX se desconocía su valor arqueológico, la boca de El Portalón y el recorrido subterráneo de partes de Cueva Mayor eran conocidos desde antiguo. En realidad, nunca dejaron de serlo. La recogida de huesos en la Sima de los Huesos está testimoniada desde al menos el s. XVIII.

Los niveles superiores de las excavaciones realizadas en El Portalón muestran estancias ocasionales o de corta duración (ligadas al pastoreo, caza, explotación de la madera, etc.) en la Protohistoria (Edad del Hierro, con fechas del 790-420 BC) y en época romana (lo encontrado se situaría a caballo entre el s. I a. C y el s. I BC).

En los niveles medievales excavados (s. X a XII), la dinámica de uso temporal u ocasional del vestíbulo como refugio de pastores o aprovechamiento de los recursos del bosque pervive. Las huellas de su uso, con un fin similar, serán ya bastante más escasas en épocas posteriores.

Huellas del paso de visitantes por el mundo subterráneo de Atapuerca

Como en la gran mayoría de cavidades de gran desarrollo y embocadura de dimensiones considerables, los visitantes dejaron sus inscripciones en sus galerías. Las hay desde la Edad Media. En 1868, los ingenieros de minas Sampayo y Zuaznavar, en su descripción de la cueva, hacen hincapié en su abundancia. Mencionan medievales, asocian alguna a posibles caracteres árabes, y señalan que son ya muchas desde el s. XVI. Recogen la de Fray Manuel Ruiz, que dejó también escrita la fecha, 1642. Indican que hay gran número del s. XVIII, y son muy frecuentes en el s. XIX, incluida la del gobernador de la provincia en 1863.

La Cueva Mayor en el s. X. El Becerro de Cardeña

Está documentada en documentos medievales. La referencia más antigua corresponde al s. X. En el Becerro de Cardeña, que recoge documentos reunidos entre finales del s. X y 1086, encontramos una referencia dentro de un documento de fin testamentario, con fecha del 9 de julio del 963, titulado “De Orbanelia et de Sancti Martini et de ecclesie Sancti Petri in Berbesca”. En él se dice: “…de inde per summa serra de Adtaporka usque ad ḝcclesiḝ Sancti Vincenti que est super illa cueba, et in directo per illa via que discurrit ad aslanzone…”.

Ecos de Atapuerca en la corte de los Austrias del s.XVI

En el s. XVI encontramos la noticia de una visita de la corte de Carlos V a su interior en 1520, y la primera descripción de la cueva según el relato que se hace en una carta dirigida a Felipe II el 23 de abril de 1576. Esa supuesta visita de 1520 a la cueva, está recogida en la “Crónica burlesca del emperador Carlos V” (1525) de don Francés de Zúñiga, bufón del Emperador. Este libro, segunda parte de sus crónicas satíricas y burlescas sobre la Corte del emperador y sus personajes, cumple su función cortesana de entretenimiento del emperador y sus allegados, haciendo ficción a partir de algo con un fondo verídico, las noticias y comentarios que corriesen en la Corte sobre la cueva de Atapuerca. Y aunque todo parece indicar que visita  de la cueva (de ella dice Zúñiga: esa “…cueba admirable y espantosa de ber, y que creya ser hecha por Dos y no por mano de gentes…”) por parte de la Corte y sus personalidades sea más que dudosa, es un indicio claro de que no se trataba precisamente de una cueva desconocida, incluso en los ambientes cortesanos.

Atapuerca, tradición e Ilustración en el s. XVIII

Las visitas a la cavidad prosiguen, como lo atestiguan las inscripciones en la cueva. A finales del s. XVIII, en los albores de la paleontología, en la época de la Ilustración, preludio de la polémica entre la aceptación de un pasado tan remoto y el seguimiento fiel y textual del Génesis, las grandes salas y galerías de la cueva y sus fósiles siguen siendo de interés.

Cuando, en esa época, comienzan a elaborarse mapas precisos de la península, Tomás López y Vargas, geógrafo real (autor de los mapas provinciales de Madrid, Jaén, Granada y Córdoba), realizó un mapa titulado: “Mapa geográfico de una parte de la Provincia de Burgos que comprende los partidos de Burgos, Bureva, Castroxeriz, Candemuño, Villadiego, etc”. Para la elaboración del mapa de la diócesis remitió un formulario al arzobispado de Burgos.

La respuesta que recibe de Manuel Francisco de Paula, vicario de la burgalesa Cuadrilla de Gamonal (es una de las cuatro que integraban el arciprestazgo/decanato de Burgos, y comprende localidades que bordean la sierra, como Olmos de Atapuerca) se titula: “Descripción de algunas cosas curiosas que hay en la cuadrilla de Gamonal” (1795). En ella, el vicario destaca, como elemento singular más destacado la cueva de Atapuerca, es decir, la Cueva Mayor y las grandes galerías y salas de su interior. “…memorable Cueba, producción bien rara de la naturaleza, sin haver intervenido en su formacion la industria humana”. De Paula Indica múltiples visitas a la cavidad, sobre todo de agricultores, en 1783-83 y 1792-93. Y, en una fecha sin precisar, la visita del propio cabildo junto al justicia de Rubena y más gente, dirigidos en el recorrido por el clérigo Josef Gil de Matha.

A la descripción de la cueva dedica el vicario casi la mitad de su exposición, en la que subraya su asombro y admiración ante lo visto. Sobre el acceso, El Portalón, dice: “La entrada principal, que es por un Callejon de crecidos peñascos, mira casi al meridiano; y por aquí la primera vista que se descubre, es la de un grabe Portico construido de iguales peñascos”. De lo que escribe se deduce que se adentraron en el Salón del Coro, y siguen escoge hacia la derecha, adentrándose en la Galería de las Estatuas y Galería Baja; luego vuelven sobre sus pasos, al comprobar que la galería se interrumpe, para encaminarse por la vía izquierda hacia la Galería del Silo. Parte de la expedición logra superar las dificultades de la gatera que da acceso a la Sala de los Cíclopes y descienden al Silo o la Sima de los Huesos. Del recorrido, al vicario le llama la atención sus proporciones: “Por partes, la bobeda de esta Cueba es tan elevada, que compite, si no sobrepuja a la de la nave de la Yglesia mas alta, por otras partes es tan baja, que no llega a la de una pequeña hermita, y por otras es preciso pasar arrastrando como las Culebras por los abujeros de sus estrechos peñascos”. Destaca las formaciones estalagmíticas: “…así la mayor parte del cielo de esta Cueba esta cubierto de una especie de caramelos grandes, y pequeños, semejantes a aquellos que con el rigor del yelo vemos pendientes en los texados”.

Pero encuentra la explicación a lo que ve en el imaginario de las gentes de la comarca, y en fabulaciones de su propia cosecha. Habla de las leyendas asociadas a la cueva por las gentes de la comarca: existencia en ella de largos ríos verdes, profundos e intransitables; presencia de “…grandes quadras de pavorosos toros”; lugar subterráneo de “…salas espaciosas y adornadas camaras, y havitaciones de Damas mui peregrinas, y que en sus Antesalas estaban los Galanes,y escuderos armados con las bayonetas caladas, y alfanjes desnudos…”; huesos en la Sima pertenecientes a “…alguna espantosa fiera, criada en estas sierras” o en otras próximas, o restos de “…una sierpe muy horrible…”.

Explica la profusión de huesos que han visto al descender a la Sima como “osario de los moros, moras y moritos”, dada la leyenda de que “…esta Cueba la havitaron por largo tiempo los moros”. Los pozos o silos que habían visto en las galerías los relaciona con los “Pozos de Aníbal”, siguiendo la idea de las minas de las que los cartagineses, cuando conquistaron parte de la Península, sacaron mucho oro y plata de las entrañas de las sierras. Lo que le permite enlazar con otra leyenda que conoce, típica de las cavidades, sobre la presencia en la cueva de Atapuerca de oro y plata. Y esto le lleva a elucubrar sobre la posibilidad de que los huesos de la Sima fueran los de los mineros africanos usados en ella por los cartagineses. Y, por supuesto, encuentra otra posible explicación a la Sima de los Huesos en el episodio histórico más conocido de la zona, la batalla de Atapuerca entre castellanos y navarros en 1054. El depósito de huesos de la sima sería para el vicario el destino final de los muertos de la batalla: “…pudo acontezer que rompiesen por su bobeda y abrir por aqui un vocaron, que caiese recto, y perpendicular a este pozo, y arrojar por el los hombres, y caballos, que havian fenezido en el Campo y ser de estos la multitud, de tantos disformes y desiguales guesos”.

El s. XIX y los ecos de Darwin

A mediados del s. XIX, Pascual Madoz, en su monumental obraDiccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España” (1845-1850), incluye la cueva (apoyado en los datos del escrito de 1795 del vicario de la cuadrilla de Gamonal, y con detalles que parecen indicar que manejó un croquis o mapa simplificado), aunque sin referirse a la sima: “…no se puede penetrar en ella sin luz artificial y cuerda, ni á pesar de las varias tentativas nunca se ha podido hallar el fin por sus muchas tortuosidades; se notan algunas escavaciones que se ignora para qué fueron hechas, y a los 3/4 de legua de profundidad se halla una pequeña, pero muy hermosa fuente de buena calidad y cristalina; su techo aparece cubierto de varias figuras formadas por la petrificación de las aguas que por él se infiltran”.

Las visitas se suceden, con consecuencias para la cavidad. El interés por visitar la cueva, creció sin duda en las décadas finales del siglo por la progresiva atracción de las clases acomodadas y profesiones liberales hacia los fósiles, y la Arqueología. Y, como dicen Sampayo y Zuaznávar, se ve reforzado por la cercanía a Burgos, la mayor facilidad para alquilar un vehículo que deje a corta distancia de la boca de la cueva, y la proximidad de ésta a la carretera Burgos - Logroño: “…contribuye a que la cueva sea visitada por los aficionados de la capital, no dejando de servir muchas veces de pretexto para pasar un día de campo…”.

Por entonces ya hay noticias “arqueológicas”. En la década de los sesenta del s. XIX, el conocimiento del pasado, y la formación arqueológica son muy minoritarios, aunque sí se aprecia el efecto que las revolucionarias teorías de Darwin provocaban por toda Europa. En un artículo del Eco Burgalés (20-V-1863) que recoge las excavaciones que realizaron Felipe Ariño y Ramón Inclán en la Cueva ciega, cercana a Cueva Mayor, recoge que encuentran un “…depósito de restos humanos, algunos de grandor extraordinario, y todos desmenuzados por su origen antiquísimo…un colmillo de jabalí y una gran concha de remotos mares”. En 1863, para evitar su deterioro, Felipe Ariño solicita y consigue de la Reina Isabel II la concesión en propiedad de la Cueva de Atapuerca, durante sesenta años. En su escrito indica la existencia de “…restos de sepulcros, monedas y hermosos fragmentos”, e indica que quiere levantar “…un plano facultativo interior”. En 1868 ya hay un guía oficial, Ramón Inclán.

Y en 1868, los ingenieros de minas P. Sampayo y M. Zuaznávar publican “Descripción con Planos de la cueva llamada de Atapuerca”, con grabados de Isidro Gil. La publicación de ambos ingenieros permite acceder al primer plano de la cueva, levantado por ambos. En su descripción de la cavidad se alternan los adjetivos calificativos (“misterioso palacio”, “suntuoso alcázar”), con datos relativamente precisos de su interior. De la Sima dicen: “…pequeña galería en cuyo piso se halla el famoso silo o pozo que tanto escita la curiosidad…Este pozo no es completamente vertical, sino que presenta rampas en diferentes sentidos. La falta de medios nos impidió reconocerle como hubiéramos deseado…”. Incluso calculan el desnivel (42,80 m) de la sima respecto “…a la zanja que precede a la entrada de la cueva…”. De Cueva Mayor se limitan a mencionar los silos de las galerías, restos humanos, y cerámicas. De los silos dicen: “…el piso de estas galería se halla cubierto en ciertos sitios, de redondos hoyos abiertos en la arcilla fina y sucia…han sido abiertos con objeto de sacar la arcilla que forma el suelo, para aprovecharla en varias artes”. En la Galería de las Estatuas localizan sobre el pavimento los restos destrozados de un esqueleto humano. No reflexionan sobre ello, pero sí sobre el daño ocasionado por visitantes: “…desmanes de algunos curiosos a quienes sólo parecen guiar en tales visitas el deseo de destruir”. Desgraciadamente, no podemos decir que el afán de destruir y coleccionar haya desaparecido en nuestros días entre los que visitan cualquier cueva, ni mucho menos. Es curiosa la explicación sobre “…varios trozos de barro cocido…” que encuentran entre los escombros de la entrada de la cueva: “…se supone ser crisoles, que usarían en sus manipulaciones algunos monederos falsos que establecerían su industria en aquellos subterráneos como más seguros para su objeto”.

Pero los ingenieros no creen que la cueva, Cueva Mayor, pueda ser incluida entre las “…cavernas huesosas…” con “…íntima relación con el origen de la especie humana”. Algo que sí piensan posible de la cercana cavidad de Cueva ciega, que también exploran. De ella dicen que cuenta con aberturas que comunican “…con otras cavidades de las que se dice haberse estraido tierra con huesos que suponen pertenecían a la raza humana, deduciendo de aquí una misteriosa y terrorífica historia”. Se basan para ello en las excavaciones de Ariño e Inclán (1863). Concluyen que “El estudio bien entendido de esta cuevas puede ser útil no sólo a la ciencia geológica, sino también a la arqueología, la antropología…”. En 1890, la cueva de Atapuerca pasará a depender de la familia Inclán, propiedad que ostentaron durante un siglo.

Años después, cuando la ciencia prehistórica está cobrando un impulso decisivo, la Cueva Mayor será ya objeto de estudios. En los primeros años del s. XX, L. March, en 1906, menciona la presencia de pinturas. En 1910 Jesús Carballo descubre el yacimiento de la Edad del Bronce, y pinturas, e Investiga allí entre 1911 y 1912. En esa época el abate Breuil y Hugo Obermaier la visitan y estudian, interesados especialmente por las pinturas rupestres, sobre todo por la pintura de una cabeza de caballo, localizada en dicha entrada por Carballo. Será el inicio de una nueva fase, la de la investigación.

Una investigación que hoy en día continúa, con los grandes resultados conocidos.

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5 mayo 2016 4 05 /05 /mayo /2016 15:10

Cráneo 5 de la Sima de los Huesos

La sierra de Atapuerca es uno de los más importantes enclaves arqueológicos del mundo. Sus yacimientos albergan evidencias fósiles, y arqueológicas (industria lítica, huesos de fauna con marcas de carnicería, etc.), de toda la secuencia de homínidos que ha habitado el continente europeo, desde hace un millón trescientos mil años, hasta el presente.

Una sierra con cuevas en un lugar estratégico

Situada a unos 15 km al este de la ciudad de Burgos, la sierra de Atapuerca, a 1085 m s. n., es un relieve originado en el Neógeno que se eleva unos setenta metros sobre la más alta de las terrazas del río Arlanzón. Son 14 niveles de terrazas sucesivas, excavadas desde inicios del Cuaternario, que empiezan a casi cien metros del actual cauce del río. Las subsiguientes alteraciones de los nivel freáticos en este contexto calizo conformaron el importante complejo kárstico de Atapuerca, fosilizado en parte desde el Pleistoceno.

La ubicación estratégica y el potencial ecológico de la sierra (de la Bureba), desde la que se domina el corredor natural de la Bureba, que conecta las grandes cuencas del Ebro y del Duero, explicaría la larguísima secuencia cronológica atestiguada en Atapuerca.

Más de un siglo de investigaciones

La boca de El Portalón y el recorrido subterráneo de partes de Cueva Mayor eran conocidos desde antiguo. Está documentada desde el s. X. Fue muy frecuentada, y hay inscripciones en sus galerías desde por lo menos el s. XIII. En 1863, ya se habla de su deterioro. En 1868, los ingenieros de minas P. Sampayo y M. Zuaznávar publican “Descripción con Planos de la cueva llamada de Atapuerca”.

La enorme cantidad de basura y sedimento revuelto que tuvo que desalojar y revisar el equipo de Atapuerca antes de acometer la excavación de la Sima de los Huesos, es un testimonio evidente de la frecuencia con la que los aficionados a recolectar fósiles llegaron hasta la Sima, y la alteraron.

No obstante, las investigaciones que se suceden a lo largo del s. XX, anteriores a las del equipo actual, se centraron en El Portalón de Cueva Mayor y las galerías limítrofes: March (1906), Carballo (1910-1912). Breuil, y Obermaier (en la época de Carballo), Martínez-Santaolalla (1925-30), Jordá (1964 y 1966), G.A. Clark (1972), Apellániz (1973-1983).

Una mandíbula que dio comienzo a la investigación

La situación cambió radicalmente tras el hallazgo de una mandíbula humana en 1976. El paleontólogo Trinidad Torres excavaba en Trinchera y en la Sima de los Huesos. La Sima de los Huesos era un lugar especialmente atractivo por su gran riqueza en restos de osos. Inesperadamente, junto a osos “Ursus deningeri” de más de 120.000 años se recuperó una mandíbula humana. Emiliano Aguirre reconoció en la mandíbula rasgos arcaicos del Pleistoceno Medio. La revisión de los fósiles obtenidos en la excavación de 1976 permitió identificar más fósiles humanos. En 1978, tras reunir un equipo interdisciplinar (especialistas en geología, arqueología y paleontología), Aguirre emprendió la tarea de excavar los yacimientos pleistocenos de Atapuerca, incluida la propia Sima de los Huesos.

No obstante, las peculiares condiciones de acceso, y de conservación de los restos, no permitieron la excavación sistemática de la sima hasta 1984. Los espeleólogos aficionados, que año tras año habían accedido al yacimiento a la búsqueda de fósiles de oso, habían alterado profundamente los niveles superiores del sedimento de la sima. Rompieron numerosos huesos, que acabaron mezclados con restos de basura y bloques de caliza en un amasijo informe. De manera que, antes de iniciar una excavación sistemática, fue preciso evacuar toneladas de sedimentos alterados y bloques de roca caliza, por la difícil ruta hasta el Portalón. Tras instalar la infraestructura básica para un espacio tan complicado, se empezó a excavar en 1984. Tras jubilarse Aguirre, desde 1991 se trabaja en el conjunto de Atapuerca (Trinchera, Cueva Mayor, etc.) bajo la dirección colegiada de Juan Luis Arsuaga, José María Bermúdez de Castro y Eudald Carbonell. En estos últimos quince años se han recuperado miles de fósiles humanos más en la Sima de los Huesos.

El karst de Atapuerca

Hoy en día se accede hasta la Sima de los Huesos desde El Portalón, el principal acceso exterior del complejo Cueva Mayor - Cueva del Silo - Cueva Peluda, integrado en el complejo kárstico multinivel de la Sierra de Atapuerca. Además de los dos accesos abiertos en la actualidad El Portalón, y el acceso en sima a la Cueva del Silo, los espeleólogos hablan de otros siete accesos exteriores colmatados desde el Pleistoceno. El complejo kárstico de Atapuerca se compone de tres niveles básicos, cuyos elementos principales son: Portalón, la Galería del sílex, el Salón del coro y la Galería de las estatuas pertenecen al nivel superior; la Galería baja, la Galería del Silo, y la Sala de los Cíclopes. Y en el nivel inferior se situarían la Sima de los Huesos, la Cueva del Silo y Cueva peluda.

Acceso, ubicación y diseño de la Sima de los Huesos

A la sima se accede desde la gran Sala de los cíclopes. La bóveda de esta sala presenta numerosas chimeneas ascendentes. El colapso de los techos de al menos dos de ellas provocó la entrada de sedimento exterior. La mitad sur de la sala estuvo sellada por sedimentos, que fueron lavados y erosionados por la evolución del karst. En el fondo del muro sur se abre una gatera a la Sala de las oseras, que conserva en su superficie numerosas camas de hibernación de osos, restos paleontológicos de estos úrsidos, y numerosas marcas de zarpas en los bloques. En el extremo sureste de esta Sala de los Cíclopes (los osos también usaron la gran sala) hay una rampa que asciende hasta una pequeña galería ciega, en cuyo extremo se abre la Sima de los Huesos. En su inicio, la sima es un conducto vertical de unos cuatro metros de diámetro y catorce metros de profundidad. Al pie de este desnivel vertical se inicia una rampa descendente, de suelo arcilloso y techo bajo, de unos tres metros de anchura por casi diez metros de longitud (denominado en el yacimiento como SR o Sima-Rampa). Éste desemboca en una pequeña sala.

Uno de los muchos dilemas que se presentaron con el descubrimiento de la Sima de los Huesos es el de la manera en la que los osos de las cavernas que hibernaron en esta zona de la endokarstia, y las comunidades humanas que usaron la sima, accedieron hasta ella. Sobre todo teniendo en cuenta el complicado periplo desde El Portalón. Parece claro que hubo accesos exteriores hasta la Sala de los Cíclopes. El equipo de investigación de Atapuerca sitúa ese acceso en un conducto actualmente colmatado por sedimentos margosos. La sección del conducto se localiza junto a la rampa que conduce hacia la cabecera de la Sima de los Huesos. Este acceso colmatado está situado apenas diez metros por encima del derrumbe clástico que bloquea el acceso a la Sala de las oseras

Una estratigrafía complicada

Los fósiles humanos aparecen sedimentados junto a fósiles de oso de la especie Ursus deningeri en un estrato de arcillas de color rojo. Este nivel sedimentario se depositó sobre un relieve irregular previo, fruto de anteriores episodios de rellenado y erosión. A su vez, este nivel de arcillas rojas, rico en fósiles humanos, fue alterado por la posterior circulación de agua, resultando en un nuevo relieve irregular. Tiempo después, otra capa, que sólo contiene fósiles del mismo tipo de oso y de otros carnívoros, cubrió los sedimentos ricos en fósiles humanos. De manera que los distintos niveles no tienen un espesor constante a lo largo del yacimiento, ni están situados horizontalmente unos sobre otros, sino que a menudo se ponen en contacto lateralmente.

A esta geometría irregular del depósito, consecuencia de su compleja historia geológica, hay que añadir que los fósiles humanos no están distribuidos homogéneamente en su correspondiente nivel de arcillas rojas. Por el contrario, en algunas partes de SH, como el Área B o el Área A, se encuentran acumulados, mientras que en otras zonas del yacimiento son escasos o inexistentes. Esta distribución tan caótica es la consecuencia de que los huesos llegaron a SH acarreados, por pequeños “aludes” de barro, desde su lugar original de deposición en la rampa (SR).

A ello se sumó la remoción ocasionada por la “actividad” de los mamíferos que caían en la trampa, y no fallecían. Y todo lo que alteraron los aficionados que bajaban a la sima en busca de fósiles.

Hace más de trescientos mil años

En principio, la paleontología (no hay restos de especies de oso posteriores al Ursus deningeri) y el análisis antropológico, proporcionaron las herramientas para una cronología relativa. En 1998 se descubrió, en el mismo nivel que los fósiles humanos, la única herramienta lítica encontrada en este yacimiento, un bifaz tallado en roca cuarcita de color rojo, del Modo 2 o Achelense (modo tecnológico ampliamente representado en otros yacimientos de Atapuerca), que concordaría sin problemas con el tipo humano hallado en la Sima. En la campaña del año 2001 se realizó un descubrimiento que permitió precisar más la datación. Ese año, se encontró en la parte superior de la rampa (en el lugar denominado SRA: Sima-Rampa Alta) una estalagmita horizontal depositada sobre niveles de fósiles humanos. Los resultados obtenidos para la estalagmita de SRA determinan que su antigüedad rebasa el alcance máximo de dicha técnica, establecido en 350.000 años. En la actualidad se habla de cerca del medio millón de años.

La difícil explicación de un difícil lugar

Los restos pertenecen a la especie del Homo heidelbergensis. Son más de veinticinco individuos de diferentes edades. Y, aun contando con la cercanía de una entrada a la cueva, hoy colmatada, resulta difícil explicar cómo llegaron al interior de la sima.

El equipo que excava la sima defiende que: fueron transportados a la cueva, y arrojados intencionadamente a la sima, a través de la caída vertical de trece metros. Acumulados muy posiblemente en un tiempo no demasiado largo, llegaron allí en conexión anatómica, completos. El hecho de que fueran arrojados allí sería, para el equipo de Atapuerca, el primer indicio de una acumulación intencionada de cuerpos fallecidos en un lugar especial, un precedente de lo que en el futuro serán los enterramientos.

La sima está en un lugar apartado, al final de una galería ciega. La recuperación en la sima de doscientos ejemplares de osos de la especie Ursus deningeri, de varios representantes de grandes felinos (posiblemente leones), de algunos restos de lobo, linces, zorros, mustélidos, etc., puede deberse a la suma de casos sucesivos de caída en esta trampa natural al cabo de miles de años, atraídos por el olor de la carroña, (o en algún caso por arrastre por coladas de barro). Hay voces discordantes sobre ciertas incongruencias derivadas del análisis tafonómico, algo lógico en el debate científico de un yacimiento complejo, en proceso de excavación, al que le queda mucho para hablar de agotado).

Pero resulta difícil entender la presencia de tantos individuos de una comunidad humana que es muy dudoso que habitara o frecuentara la vecina Sala de los Cíclopes (no hay evidencia arqueológica que lo certifique). De nuevo, hay algunas voces discordantes que no encuentran validación tafonómica de la tesis de los investigadores sobre la deposición intencionada de los cadáveres en la sima. El problema básico para el análisis, la fuerte alteración postdeposicional. En ningún caso se han identificado conexión anatómica entre los restos. En muy pocos casos se ha podido llegar a atribuir dos o más huesos a un mismo individuo. Es muy difícil identificar niveles coherentes, haya zonas en la sala del fondo de la sima con acumulación, otras en la rampa en las que casi no hay restos. El equipo que excava allí ha identificado la causa en una combinación de factores: la sucesión de coladas o aludes de barro que desplazaban, alteraban y revolvían los restos; la acción de animales que no murieron en la caída, y carroñeaban; los destrozos ocasionados por los numerosos coleccionistas modernos de fósiles.

El Homo heidelbergensis

Los restos localizados en la Sima de los Huesos han sido adscritos al Homo heidelbergensis, que habitó el continente europeo durante el Pleistoceno Medio (hay otros restos de la especie en los yacimientos de Mauer, Arago, Montmaurin, Pontnewydd, Steinheim, Swanscombe). Le sucedieron, en un continuum evolutivo, los neandertales. El reciente descubrimiento de ADN mitocondrial fósil en un fémur humano de la sima ha permitido establecer también su relación con los denisovanos, una especie humana localizada hasta ahora en la región meridional de Siberia, en la que habitó hace unos 40.000 años.

La enorme cantidad de restos humanos de la sima, en un excepcional grado de conservación (incluidos los del oído, muy pequeños y delicados, que en muy raras ocasiones se recuperan para individuos tan antiguos) permite para el Homo heidelbergensis un nivel de estudio y análisis inimaginable (incluido el ADN,) antes de su descubrimiento, para restos tan antiguos.

Serían individuos físicamente similares a nosotros, con un cálculo medio de 1,75 m de alto, y 95 kg de peso, con gran masa muscular y huesos muy resistentes. Su esqueleto, presentaba una mezcla de caracteres antiguos y modernos. El análisis dental, las marcas identificadas en sus dientes, indican que usaban los dientes como herramienta, como una “tercera mano”. Se ayudaban de ellos en el procesamiento del cuero, tendones, vegetales (aprisionaban entre los dientes y estiraban, en un movimiento recurrente). Sujetaban con ellos un extremo de la carne, que cortaban con la herramienta que empuñaban con la mano libre, que en los individuos recuperados en la sima es predominantemente la derecha. Trabajo de la mandíbula que explica la abundancia de casos con artrosis temporomandibular. Consumían una dieta mixta animal – vegetal, de vegetales fibrosos y abrasivos (quizás ingeridos crudos) que desgastaron mucho el esmalte. Un tercio de los individuos pasaron estrés por malnutrición en el destete, hacia los tres años de edad. Los surcos de muelas indican el uso de palillos para limpiarse los dientes.

El torrente de datos que proporcionan los restos permite también un acercamiento a sus patologías. El cráneo 5 murió de una septicemia que comenzó en los dientes y se extendió hasta el ojo. Tiene además hasta trece impactos en su cráneo, recibidos a lo largo de su vida. El cráneo 4 (que también tiene otros tres impactos en el cráneo, circunstancia que se repite en más individuos) corresponde a un individuo sordo, que tiene el conducto auditivo casi cegado por un crecimiento anormal del hueso probablemente ligado a una persistente otitis. En varios casos, sus dolencias requerían del apoyo y colaboración de la comunidad para su supervivencia. Es el caso de la pelvis y parte del tronco del individuo más anciano localizado (apodado Elvis por los investigadores), que se acercaría a los sesenta años. Las vértebras de Elvis muestran cifosis lumbar degenerativa, la enfermedad de Baastrup, y espondilostesis, Es un caso que muestra ayuda social y cuidado de la comunidad hacia un individuo con tal suma de dolencias que le afectaron largo tiempo, incapacitantes y muy limitadoras. Ayuda que también necesitaba otro miembro del grupo (cráneo 14), que falleció a los diez años, y que sufría trastornos motores y cognitivos importantes desde que nació.

La conclusión más evidente, asuma uno o no la tesis de la Sima de los Huesos como lugar de deposición intencionada de cuerpos (como precedente más antiguo de lo que luego será un ritual funerario), subraya su enorme importancia en la paleoantropología mundial, y su papel fundamental en el conocimiento de la especie del Homo Heidelbergensis, del que nos aporta una cantidad de información que sobrepasa en mucho (en cantidad y estado de conservación) lo recuperado de la mayoría de los homínidos previos a nosotros. Y tanto la Sima como el resto de Atapuerca guardan todavía mucho por descubrir.

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13 abril 2016 3 13 /04 /abril /2016 11:20

El Portalón de la Cueva Mayor de Atapuerca

La sierra de Atapuerca es uno de los más importantes enclaves arqueológicos del mundo. Sus yacimientos albergan evidencias fósiles, y arqueológicas (industria lítica, huesos de fauna con marcas de carnicería, etc.), de toda la secuencia de homínidos que han habitado el continente europeo, desde hace un millón trescientos mil años hasta el presente.

Los yacimientos más conocidos universalmente son los pleistocénicos, los de Trinchera, y el de la Sima de los Huesos. Sin embargo, el equipo que investiga en la sierra excava desde hace bastantes años, con grandes resultados, otros de época más reciente. Destaca el trabajo arqueológico en el Portalón (el vestíbulo de acceso al recorrido subterráneo principal, excavado en distintos momentos y por diferentes investigadores desde hace un siglo) y en las galerías próximas (sobre todo la Galería del Silex). Aquí nos centraremos en lo que han descubierto sobre el uso de la Cueva Mayor en la Prehistoria Reciente.

Un lugar estratégico

Situada a unos 15 km al este de la ciudad de Burgos, la sierra de Atapuerca, a 1085 m s. n., cuyo relieve se originó en el Neógeno, se eleva unos setenta metros sobre la más alta de los 14 niveles de terrazas sucesivas, excavadas desde inicios del Cuaternario, que empiezan a casi cien metros del actual cauce del río Arlanzón. Las subsiguientes alteraciones de los nivel freáticos en este contexto calizo explicarían el importante complejo kárstico de Atapuerca.

La sierra domina el corredor de la Bureba. La proximidad a este corredor natural, que cuenta con un paisaje enriquecido por la confluencia de ecosistemas resultantes de la transición entre montaña y llanura fluvial, y que conecta las grandes cuencas del Ebro y del Duero, explicaría la larguísima secuencia cronológica atestiguada en las cavidades de Atapuerca.

Hasta la fecha, las investigaciones en cavidades de la sierra se han centrado en varios frentes: los yacimientos localizados en la trinchera del ferrocarril de (Sima del Elefante, Gran Dolina, y Galería – Covacha de los Zarpazos); las cavidades abiertas en la sierra (Cueva Mayor, Cueva del Silo, Cueva del Mirador y Cueva Ciega; y varios yacimientos al aire libre (Hotel California, Hundidero, y Valle de las Orquídeas).

Más de un siglo de investigaciones en Cueva Mayor

Cueva Mayor es conocida desde antiguo. Entre la gran cantidad de inscripciones localizadas, algunas pueden ser del s. XIII. Parece atestiguada en documentación del s. XV. Hay una inscripción de 1645. En 1863, Felipe Ariño solicita la concesión de la cueva para evitar su deterioro. En 1868 ya hay un guía oficial. Ese año, los ingenieros de minas P. Sampayo y y M. Zuaznávar publican “Descripción con Planos de la cueva llamada de Atapuerca”. L. March, en 1906, menciona la presencia de pinturas. En 1910 Jesús Carballo descubre el yacimiento de la Edad del Bronce, y pinturas, en el acceso de la cueva. Investiga allí entre 1911 y 1912. En esa época lo visitan y estudian el abate Breuil y Hugo Obermaier, interesados especialmente por las pinturas rupestres, sobre todo por la pintura de una cabeza de caballo, localizada en dicha entrada por Carballo. En 1925-30, J. Martínez-Santaolalla estudia figuras y cerámicas de la cavidad, e incluye el Portalón en su estudio sobre el Neolítico de Burgos. En los años cincuenta, el grupo espeleológico Edelweis cartografía la cavidad. En 1964 y 1966 excava en ella Francisco Jordá. En 1972, G.A. Clark, realizó una serie de sondeos en la sierra, constatando que la potencia estratigráfica de El Portalón superaba los de 2 m de profundidad, e incluía al menos desde el Eneolítico hasta la Romanización. La interesante secuencia obtenida, junto con los hallazgos parietales en la Galería del Sílex (sella desde antiguo, Edelweis descubre el acceso a ella en 1972), llevaron a J. Mª Apellániz, a desarrollar en El Portalón campañas sistemáticas de excavación entre 1973 y 1983. Desde el año 2000 se suceden las campañas de la nueva fase de excavaciones, bajo la dirección colegiada de J. Arsuaga, E. Carbonell y J.M. Bermúdez de Castro.

Cueva Mayor y el karst de Atapuerca

Cueva Mayor, integrada en el complejo kárstico multinivel de la Sierra de Atapuerca, corresponde a un karst senil, al menos desde finales del Pleistoceno Medio. Enlaza, a través de un recorrido complejo, con la Cueva del Silo (muy alterada por los destrozos de los visitantes, con acceso en sima, se ha recuperado algo de material y localizado arte parietal similar al de la Galería del Sílex, que indican su uso durante la Prehistoria Reciente) y a través de ésta con Cueva Peluda a la que los estudios espeleológicos relacionan con el conducto principal en la cueva del Silo. Además de los dos abiertos en la actualidad, los espeleólogos hablan de otros siete accesos exteriores colmatados desde el Pleistoceno. Portalón, la Galería del Sílex, el Salón del coro y la Galería de las estatuas pertenecen al nivel superior del complejo kárstico.

Una cueva utilizada durante medio millón de años

En la fase más antigua de uso de la cueva, hasta ahora, en El Portalón y en el recorrido subterráneo subsiguiente está atestiguada la presencia de comunidades del Pleistoceno. El más conocido, de hace medio millón de años, en la Sima de los Huesos, aunque probablemente ligada a una entrada cercana, hoy cegada. También lejos de la entrada, en el tercio final de la Galería de las Estatuas, donde la galería se ciega, se han realizado sondeos desde 2008 en los que, con una antigüedad en torno a 50.000 años, se ha encontrado industria lítica musteriense en sílex y cuarcita, junto a restos de fauna (caballos, ciervos y bóvidos, algunos restos de carnívoros como zorros). En El Portalón, lo más antiguo excavado contiene con algunos restos líticos de grupos humanos del Pleistoceno Superior). Siguió siendo usada en las fases iniciales del Holoceno (nivel del Mesolítico en el Portalón). Los grupos de cazadores recolectores conocieron un Portalón con una morfología muy diferente, enlazaba desde la entrada en una prolongada rampa hasta el Salón del Coro.

Aunque, como se ha constatado en galerías como la Galería de las Estatuas, hay evidencias de actividad humana de carácter puntual en el Neolítico, la fase de uso más intensivo y continuado parece corresponder a la Prehistoria Reciente, durante el Calcolítico y la Edad del Bronce. Para entonces, la progresiva colmatación natural del sector N del vestíbulo y la tendencia del sedimento a la horizontalidad habían individualizado el Portalón, y facilitaron su uso como asentamiento. Las excavaciones de El Portalón indican que fue lugar de enterramiento en el Calcolítico. En la vecina Galería del Sílex, y en menor medida en el resto del recorrido subterráneo (en especial en otras tres grandes galerías de la cueva, Estatuas, Baja y Silo), parece acreditarse su función como “Santuario”, con rituales funerarios, arte rupestre, y gran cantidad de elementos asociables a celebraciones simbólicas. En la Edad del Bronce, El Portalón sirvió de asentamiento más o menos permanente, centrado sobre todo en la actividad ganadera.

Además de los visitantes ocasionales que dejaron su firma desde la Edad Media en las paredes de las galerías, los niveles superiores de El Portalón muestran estancias ocasionales o de corta duración (posiblemente ligadas al pastoreo, caza, explotación de la madera, etc.) en la Protohistoria (Edad del Hierro, con fechas del 790-420 BC) y en época romana (por las inmediaciones de la cueva discurre una vía secundaria, un ramal de la vía romana Asturica Burdigalam, lo encontrado se situaría a caballo entre el s. I a. C y el s. I BC). La dinámica de uso temporal u ocasional del vestíbulo como refugio de pastores o aprovechamiento de los recursos del bosque pervive en la Edad Media (s. X a XII), y será ya mucho más escasa en épocas posteriores.

El yacimiento de El Portalón durante el Calcolítico – Edad del Bronce

El Portalón es una entrada de Cueva Mayor, la cavidad principal de la cara Sur de la sierra de Atapuerca. Es el acceso principal conocido en época histórica. Ubicado en el fondo de una dolina, no llegó a colmatarse por aportes externos. En esta sala de entrada, que supera los doscientos metros cuadrados de superficie, las excavaciones han identificado una amplia secuencia estratigráfica de cerca de 10 metros, que se extiende desde el Pleistoceno Superior hasta la Edad Media. En el periodo que aquí nos interesa, los datos indican su uso como “santuario” o “lugar de enterramiento” durante el Calcolítico. Y el asentamiento de comunidades, a lo largo de la Edad del Bronce, que lo usan como hábitat permanente.

Durante el Calcolítico (III milenio a. C.), este gran vestíbulo de la cavidad fue utilizado como lugar de enterramiento. Aprovechando la abundancia de grandes piedras dentro de la cueva, las reorganizaron formando una estructura tumular en la que depositaban los cadáveres de sus muertos junto a objetos rituales. Muchos de estos enterramientos fueron alterados por las gentes del Bronce que vinieron después. Pero, en 2012 se excavó un cadáver intacto de un niño de 6 años. Fue enterrado en una fosa preparada con piedras, rodeado por un ajuar de objetos de cerámica alrededor de la cabeza, el pecho, las rodillas y los pies. A sus pies se localizó el cadáver casi completo de un cervatillo.

El análisis de los enterramientos aporta información importante sobre la los inicios de la agricultura y la ganadería. El ADN recuperado en algunos de los fósiles humanos descubiertos en El Portalón, datados entre hace 3.500 y 5.500 años, identifica la migración como principal agente de la expansión del Neolítico por Europa. En el caso de la península ibérica, estuvo protagonizada por grupos preindoeuropeos que se mezclaron con las poblaciones locales de cazadores-recolectores.

En los niveles de la Edad del Bronce (II milenio a. C.), en El Portalón se localiza de asentamiento más o menos permanente. Por los datos publicados en 2015, las excavaciones arqueológicas demuestran la intensidad actividad en su interior, que incluye su uso para estabular fauna doméstica, o complejas estructuras creadas rellenando espacios con aporte de tierra desde el exterior, para hacer la cavidad más habitable. A lo que se sumarían las estructuras localizadas en superficie en las galerías interiores (silos, etc.). En el recorrido subterráneo también se aprecian evidencias de su aprovechamiento funcional, dada la localización de abundantes silos de almacenamiento, y depósitos de agua (aunque con reservas en cuanto a su cronología).

Hay muchas evidencias de la vida cotidiana de estas gentes. Se ha recuperado una gran cantidad de objetos: cerámicos (platos, cuencos, ollas, grandes vasijas, queseras y jarras), algunas de ellos grabados y decorados con gran calidad, singulares, probablemente de prestigio o rituales; objetos de hueso, asta o marfil, para uso cotidiano (espátulas, cucharas, agujas, punzones, puntas de flecha, etc.); objetos de piedra, ya sea de finalidad agrícola (dientes de hoz, molinos, láminas, cuchillos, hachas pulimentadas, percutores de talla), o textil (pesas de telar); metálicos (escasos, algunos punzones de sección cuadrada, un hacha plana). También aparecen objetos de adorno personal o ritual (botones, cuentas de collar, adornos hechos de concha). La abundancia de restos de fauna refuerza la tesis de una comunidad centrada en la actividad agroganadera, complementada con la caza.

El "Santuario" de la Galería del Silex

A la derecha de la zona del Portalón se accede hacia la Galería del Silex. Ésta tuvo un acceso exterior en una dolina cercana al Portalón. Un derrumbamiento en las postrimerías de la Edad del Bronce (2.800-2.700 B.P.) la selló. Y la suma de derrumbes y rellenos cerraron también el acceso desde El Portalón, hasta que en 1972 el G.E. Edelweiss desobstruyó parcialmente el acceso.

Los trabajos, realizados entre los años 70 y 80, documentaron evidencias líticas (percutores, nódulos de sílex, puntas foliáceas, un elemento de hoz, etc.), en parte talldas con material proveniente de la explotación de una cantera de sílex situada al final de la Galería), de hueso trabajado (principalmente elementos apuntados), de restos de huesos de fauna doméstica y salvaje. Y la presencia de restos humanos de al menos 25 individuos, unos 9 círculos de piedras, 3 silos, 1 gran estructura construida con arcilla y espeleotemas rotos para el almacenamiento de agua (asociada a una zona de filtración y goteo). Así como y un amplio repertorio de fragmentos cerámicos cuyo estudio evidencia el uso de la Galería desde el Neolítico (6.500-6.300 B.P.) hasta el Bronce Final (2.800-2.700 B.P.).

En las paredes de la Galería del Sílex se documentó un amplio corpus iconográfico de arte esquemático (casi 400 motivos), compuesto por pinturas negras y rojas, y grabados distribuidos en 53 paneles. La temática se compone de formas lineales y geométricas (retículas simples y con apéndices laterales, parrillas, trazos simples, puntos formando hileras, arboriformes, soliformes, pectiniformes, tectiformes, zigzags, ondulados, etc.), de formas antropomorfas, y en menor número, de representaciones humanas y animales. Los momentos de ejecución de las representaciones artísticas de la Sierra de Atapuerca, establecidos por las relaciones estilísticas existentes entre motivos decorativos de las cerámicas y grafías rupestres, por la datación radiométrica de figuras pintadas con carbón, y por la tipología de los motivos, representan un espectro temporal amplio, relacionado con las ocupaciones de la Galería del Sílex, abarcando quizás desde momentos neolíticos hasta el Bronce Final.

La asociación y la distribución espacial de las evidencias líticas, óseas, paleontológicas, cerámicas, antropológicas y artísticas de la Galería del Sílex ponen de manifiesto un registro arqueológico desvinculado de actividades de carácter económico. Este reducido conjunto no muestra un patrón asimilable a yacimientos con registros de habitación. El estudio de las cerámicas indica una dispersión espacial (fragmentos cerámicos de un mismo recipiente se encontraban en diferentes puntos de la cavidad) que evidencia la intervención antrópica en la fracturación de las vasijas en el interior de la Galería y su posterior deposición. La distribución de los restos humanos en pequeños grupos muestra la existencia de una deposición secundaria de los cuerpos, la existencia de grupos formados por esqueletos incompletos de varios individuos y, en uno de los cráneos, la existencia de raspados antrópicos que evidenciarían un tratamiento previo de los cuerpos antes de su deposición última en el interior de la Galería. Todos estos elementos apuntan a la realización de actividades relacionadas con el mundo funerario y donde el carácter colectivo de los enterramientos y el ritual (cerámicas y arte principalmente) hubieron de jugar un papel importante, aceptándose de este modo el término de Santuario para la Galería del Sílex.

Evidencias arqueológicas de la Prehistoria Reciente en el resto de galerías

Hay evidencias arqueológicas del uso y tránsito en la Prehistoria del largo recorrido de grandes salas y galerías al que se accede desde la izquierda de El Portalón, tanto en la gran sala del Salón del Coro, como en las tres grandes galerías que parten de ella: Galería de las Estatuas, Galería Baja (totalmente colmatada en su tramo final, en el que enlazaría con el yacimiento pleistocénico de Trinchera – Sima del elefante), y Galería del Silo (que nos lleva por un complicado camino hasta la Sima de los Huesos).

En la Galería de las Estatuas, estudios y sondeos realizados desde 2008 muestran, (además de la presencia de loa neandertales mucho antes) estancias ocasiones en el Neolítico. En esta galería, en la Galería Baja y en la del Silo, así como en el Salón del Coro (aunque en es este las evidencias son más escasas), hay varias zonas con arte parietal postpaleolítico, así como huellas de un uso tal vez asociable a la comunidad de la Edad del Bronce que vivía en el Portalón: numerosos pozos o silos excavados en la arcilla, y unas pequeñas presas apara acumular agua subterránea.

Un futuro prometedor

Con la esperanza de los investigadores de que en el futuro, las excavaciones en Cueva Mayor arrojen más datos sobre la presencia de neandertales y cromañones en el periodo entre los 127.000 y los 11.000 años BP, los niveles excavados de la Prehistoria reciente en la cueva arrojan una importante luz sobre las primeras comunidades de agricultores – ganaderos en esta región. Permiten aclarar un poco el proceso de conformación europea y peninsular de este nuevo mundo, formado por gentes y culturas que llegan para asentarse, y se fusionarán con los grupos de cazadores-recolectores que dominaron el continente durante milenios. Como en Trinchera, aquí también Atapuerca nos promete para el futuro hallazgos importantes.

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